Hay decisiones que parecen pequeñas, pero te cambian la vida por dentro. La mía fue acercarme al escenario con tan solo 14 años. No lo entendí del todo al principio; solo supe que había encontrado una dirección. Mirándolo ahora, incluso parece que estaba escrito: como si, de alguna forma, ese lugar me estuviera esperando.
De pronto muchas piezas empezaron a encajar y mi vida dio un giro. Encontré algo que me movía por dentro, algo a lo que quería dedicarme de verdad. Fue un flechazo. Y descubrí algo muy concreto: cuando actúo, el mundo se ordena de otra forma. No hay las mismas normas que fuera. Puedo habitar otras vidas, jugar sin miedo al error, sin consecuencias reales… Esa libertad engancha. Y también enseña.
La vida, sin embargo, no siempre va en línea recta. Hubo años en los que fui por otros derroteros: conocer mundo, trabajar, crecer, equivocarme, entenderme. Y, sin darme cuenta, todo eso también me estaba preparando. Fue en 2018 cuando decidí dedicarme de lleno a la interpretación en Madrid. Mudarte y apostar por esto es un cambio de piel. Madrid te aprieta y te despierta: te obliga a decidir quién eres cuando nadie te debe nada. Y ahí, paradójicamente, encontré calma. Siento que estoy en mi lugar.
Para mí, ser actor no es un título ni una etiqueta. Es una forma de mirar, de escuchar, de estar con la gente. Sigo entrenando, cayéndome y volviendo a empezar. Y si algo tengo claro es esto: no actúo para escapar de mí. Actúo para encontrarme.